
En pleno barrio de San Telmo, Chacabuco al 800, dentro de la sede de “El Casal de Catalunya en Buenos Aires”, se encuentra la bellísima e histórica sala “Margarita Xirgu”. ¿Quién era Margarita Xirgu (1888-1969)? Pues nada menos que la musa y entrañable amiga de Federico García Lorca. Tan es así, que el poeta granadino estrenó con ella emblemáticas piezas como “Mariana Pineda”, “Yerma”, “Bodas de Sangre” y “Doña Rosita la Soltera”. Tras el asesinato de Lorca en 1936, la Xirgu estrenó “La Casa de Bernarda Alba” en Buenos Aires en 1945, obra que Lorca había escrito especialmente para ella. ¿Por qué en Buenos Aires? Pues porque, perseguida por el franquismo, la Xirgu debió huir de España, y se exilió en América. Adoptó la ciudadanía uruguaya y fundó la Escuela Municipal de Arte Dramático.
Hay curiosos paralelismos entre las historias de vida de Margarita Xirgu y Blanca Oteyza, actriz que protagoniza el unipersonal “Una actriz entre dos continentes”, que tuvimos el placer de ver en “Casa Metro”, calle 4 entre 51 y 53, La Plata. La Oteiza, a quien vimos brillar en el Teatro Municipal Coliseo Podestá, junto a Miguel Angel Solá en “El Diario Privado de Adán y Eva” (Mark Twain)hace varias décadas ya, tuvo que huir de nuestro país y volver a España (1999), debido a las amenazas que ambos recibieron.
Al igual que la Xirgu, la madrileña Oteyza es actriz, docente, productora y directora, y como ella también ejerció su oficio en “dos continentes”, como reza el título del espectáculo de su autoría, dirigido por Javier Demaría. El monólogo que interpreta es una suerte de tributo a la Xirgu, y por qué no, a sí misma, como artista resiliente, que persigue sus sueños, que renace de sus cenizas, no se da por vencida, y vuelve a empezar contra viento y marea.
Acompañada por Catriel Sánchez en guitarra española, Blanca recorre la vida de la Xirgu desde su más temprana infancia. A los 8 años, mientras recitaba parada en una silla sobre una mesa, Margarita descubrió su vocación. Nunca más dejaría de actuar, a pesar de su salud endeble. Lo suyo era un llamado, un don a desarrollar y pulir.
La Oteyza captura la atención de espectador gracias a sus enormes recursos escénicos. Su voz, su lenguaje corporal, su gestualidad, a medida que va transitando sutilmente de la juventud a la vejez del personaje, todo es creíble y despierta empatía.
Y la poesía del gran Lorca no podía faltar en este homenaje, habiendo sido Margarita su actriz fetiche. Ella lo dice: “Cuando el actor o la actriz dan con su director, con su autor, la proyección es mayor”. Fragmentos del “Romancero Gitano”, que tan bien suenan en el perfecto castizo de la actriz, deleitan el oído de la platea.
La guitarra crea sugestivos climas mientras la actriz cambia su vestuario, para reaparecer con otra edad, otro aspecto, otra actitud.
En definitiva, es éste un bello reencuentro con una actriz que se lució mucho, tanto en teatro como en televisión en Argentina, cosechando diversos premios, y a la vez una ventana para curiosear la vida de otra actriz emblemática del siglo XX, mujer de avanzada en su época, que tal vez no fue profeta en su tierra pero sí lo fue en la América que la albergó.
Muy precisa la dirección de Javier Demaría, en esta puesta despojada y minimalista, que apunta al lucimiento de la actriz/autora.